El cliché del miedo
Una vez, alguien leyó un fragmento de mi libro, Tras los Sueños, y comentó por escrito que la obra era buena a pesar de los clichés. En ese instante pensé: «¡Pero mi propia vida está repleta de clichés!». Creo que la vida de todo el mundo tiene una dosis generosa de ellos. Al fin y al cabo, personas comunes, vidas comunes... experiencias compartidas. Siempre hay alguien viviendo por primera vez algo que millones ya experimentaron antes, y no por eso deja de ser emocionante o profundamente valioso.
Sin embargo, en cierto modo, me niego a creer que una travesía como la que viví contenga tantos lugares comunes. Podrá haber clichés propios del cicloturismo, pero muy probablemente escapan al sentido común ordinario.
Pero vayamos al tema del artículo de hoy.
De manera rutinaria, gran parte de los correos que recibo comienzan con la misma inquietud: «¿Pero nunca te robaron?». Resulta curioso, pero es la verdad. Frente a todo un universo fascinante de vivencias que se despliegan cuando uno sale al asfalto en una bicicleta, ¡la gente todavía prioriza preguntar por la violencia!
Siempre respondo: «No, jamás me robaron». ¿Habrá sido simple suerte? —me pregunto a menudo. No sé si atribuirlo al azar, pero el hecho es ese. Viajé durante un año entero, atravesé toda clase de geografías y caseríos imaginables, acampé solo en parajes desolados y deposité mi confianza en absolutos extraños.
Entonces emprendí una pequeña indagación personal para averiguar si yo era tan solo un afortunado solitario, un ser bendecido e iluminado. Gracias a mi año en la ruta, tuve el privilegio de conocer a otros viajeros que realizaron travesías semejantes. Al intercambiar ideas con ellos, descubrí que compartían impresiones muy parecidas a las mías: especialmente la convicción de que el mundo, en el fondo, es bueno y que la gente no está tramando engañarte en cada esquina.
Luego reflexioné: «¿Será una inseguridad típicamente latinoamericana?». En parte, es posible. No podemos negar que habitamos regiones complejas. Sobre todo en las grandes urbes, los índices delictivos son una realidad palpable. Pero el asunto no es tan lineal. La inseguridad urbana existe tanto en Buenos Aires como en Santiago de Chile, Lima o São Paulo.
Ahí radica la clave: las grandes metrópolis. Cuando me encontraba en Argentina, dos viajeras brasileñas fueron asaltadas en un sitio turístico de Buenos Aires. Cuando pasaba por Chile, una pareja de compatriotas sufrió un robo en pleno centro de Santiago. ¿Es ese el cliché de la violencia?
¿Cómo logré cruzar tantas ciudades sudamericanas completamente ileso? ¿Cómo lo hicieron también mis amigos ciclistas? ¿Será que Dios protege a los borrachos, a los niños y a los cicloviajeros?
Conozco crónicas de cicloturistas que atravesaron contratiempos, pero son excepciones absolutas. A una pareja amiga le sustrajeron algo de equipaje en Bolivia por un segundo de distracción. Otro conocido cayó en una estafa con tarjeta bancaria en Perú y por poco no sufrió una pérdida mayor. También recuerdo a un viajero estadounidense al que le desvalijaron todo el equipo en El Chaltén, Argentina, mientras yo estaba allí. ¿Será posible que yo, en la inocencia de quien estaba cumpliendo su mayor sueño, solo haya visto lo que estaba predispuesto a contemplar? Si fuera así, tal vez signifique que albergo una mirada excesivamente luminosa del mundo. ¡Lo cual debe de ser una bendición! Sin embargo, las personas nobles que se cruzaron en mi camino no eran personajes de novela. ¡Incontables veces me tendieron la mano!
Cuando me dispuse a pedalear la carretera BR-364, que comunica Acre con Rondônia, muchos me aseguraban que estaba desquiciado y que ni siquiera los motociclistas se atrevían a circular por allí en solitario por ser sumamente peligrosa. ¿Sinceramente? ¡Lo pongo en duda! ¿Saben cuántas veces me sentí en peligro? ¡Ni una sola! Al contrario, disfruté de jornadas extraordinariamente serenas que culminaron con una noche mágica: rodeado de niños sentados en círculo sobre el suelo de tierra, escuchando fascinados cada relato y acariciando las alforjas de la bicicleta. Recibí un rincón seguro para levantar mi carpa y un plato caliente de comida. Aquello ocurrió en una estación de servicio a la vera de esa «peligrosa» carretera.
Mi amigo Vincent también recorrió durante un año Latinoamérica en bicicleta. Llegó hasta Cuba... ¡y le robaron la bicicleta en París apenas regresó a casa! ¿Clichés fuera de lugar?
Como pueden notar, tengo muchas más preguntas que respuestas cerradas. Así regresé de mi expedición. Pero conservo una certeza inamovible: si no partes, nunca lo sabrás. El miedo que te paraliza y te aliena no te salva del mundo. Es imprescindible sacudirse los clichés ajenos para convertirse en un verdadero viajero en dos ruedas.
Un ser humano sobre una bicicleta cargada proyecta algo singular, inusual. Difiere por completo de un mochilero a pie o de quien viaja en automóvil. Ese es el factor decisivo: la bicicleta lo transforma todo.
En términos prácticos, la actitud de quien viaja resulta crucial, especialmente cuando se rueda en solitario.
Lo que yo procuraba hacer era mantener siempre la mayor discreción posible. No utilizaba vestimenta chillona ni trajes llamativos típicos de competición. ¡No hay ninguna necesidad de parecer un velocista de velódromo! Mis alforjas y mi bicicleta eran de tonos sobrios y neutros. Las cámaras y los dispositivos electrónicos permanecían celosamente guardados. El GPS, aunque montado sobre el manillar, iba envuelto en una funda opaca que lo camuflaba casi por completo y permitía retirarlo al instante. Y mi bicicleta jamás lucía impecablemente reluciente.
En diversas ocasiones evité pernoctar en las calles de las ciudades. Cuando era inevitable acampar libremente, me alejaba de los centros urbanos y luego de la cinta asfáltica, lo suficiente como para no quedar a la vista de los curiosos. En una oportunidad, en la selva peruana, tras no encontrar hospedaje en un caserío, continué pedaleando hacia las afueras y esperé que cayera la noche. Así armé mi carpa en penumbras y nadie supo que estaba allí, a escasos metros de la carretera.
Rara vez me distanciaba de la bicicleta. Incluso al ingresar en un almacén o panadería, procuraba mantener contacto visual con ella. Muchas veces, en sencillos hospedajes de pueblo, dormí con la bicicleta dentro de la propia habitación.
Otro elemento clave reside en prestar atención a quienes te rodean. Presencias extrañas o miradas insistentes que rebasan la simple curiosidad son el aviso inequívoco para buscar otro sitio. Parecen detalles insignificantes, pero basta descuidar uno solo para darle una oportunidad a la mala fortuna.
Si te sientes seguro, transmitirás serenidad y te integrarás con naturalidad al entorno. Disfrutarás de todos los dones que brinda este vehículo mágico llamado bicicleta, el cual, por encima de cualquier otra cualidad, sirve como puente para aproximar a las personas.
Por supuesto, nadie puede aguardar ser bien tratado si no ofrece lo propio. Alguien escribió un célebre libro al respecto. No lo he leído, pero conozco bien el principio: la hostilidad, la queja constante o la desconfianza cerrada jamás conducen a buen puerto. Los vínculos humanos no son un monólogo. Tarde o temprano, en el camino tendrás que abrirte y confiar en alguien.
Hay dos episodios narrados en el libro que resumen fielmente lo que intento transmitir:
[…] Me acerqué al joven que atendía el lugar, le conté mi propósito y le pedí permiso para plantar mi carpa. Su nombre era Igor y, mientras contemplaba la infinidad de pegatinas que viajeros de todo el mundo habían adherido con los años en la puerta de la estación, conversaba con él. Poco a poco le compartí fragmentos del viaje y me gané su simpatía. Podía notar cómo su rostro se iluminaba al escuchar lo que me proponía hacer. Quedó asombrado y me confesó que su sueño dorado también era salir a viajar, pero que las obligaciones aún no le habían permitido dejar aquel rincón. Le consulté si podía acampar junto a los surtidores y me indicó un inmueble desocupado que décadas atrás había funcionado como un amplio comedor. Instalé la carpa en el interior; aunque el suelo guardaba algo de polvo, contaba con techo y así pude prescindir del sobretecho impermeable, a resguardo del viento y la llovizna.
Regresé a la tienda de la estación y en ese momento apareció Juliane, su esposa. Tras una cálida charla, me aguardaba una sorpresa: me invitaron a mudar el campamento dentro de su propio garaje, en la casa contigua al negocio. Igor, con una espontaneidad entrañable, me dijo: «¡Trae tu carpa y armala en mi garaje! Cenamos juntos y miramos la novela en familia». Fue asombroso. Trasladé el equipaje al instante y me senté a su mesa a compartir la cena. Conversamos durante horas. Pero lo más conmovedor fue que confiaron con tal pureza en mí que jamás cerraron con llave la puerta que comunicaba la cocina con el garaje; por el contrario, me insistieron en que entrara con total libertad si me daba sed durante la noche.
Aquella noche fueron ellos quienes confiaron en mí. Más adelante, me correspondería a mí devolver ese gesto:
[…] En la mañana del día siguiente, 8 de septiembre, me dirigí al muelle para embarcar hacia la isla. Al llegar a la orilla del lago, comprendí que sería un desgaste absurdo subir la bicicleta con todo el peso de las alforjas solo para permanecer allí un par de horas. Fue entonces cuando uno de los trabajadores bolivianos de la agencia lacustre me propuso una alternativa: dejar la bicicleta y el equipaje bajo el resguardo de su oficina. Una vez más me vi ante el dilema de confiar a ojos cerrados. Dejé todas mis pertenencias terrenales dentro del local comercial, perfectamente visibles a través del ventanal para cualquiera que caminara por la calle. La atmósfera del sitio inspiraba esa entrega. No lo dudé demasiado y abordé la lancha con rumbo a la mística Isla del Sol.
[…] La belleza del lugar me cautivó de tal manera que decidí prolongar mi estadía varios días. Mi única inquietud residía en la bicicleta, abandonada en aquella agencia junto a todas mis pertenencias —salvo mi cámara, filmadora y documentos personales—. La zozobra me invadía por momentos, pero avisé a los boteros que me quedaría y le pedí a una pareja de argentinos que conocí en la travesía que le echaran un vistazo si pasaban por allí. Hoy contemplo aquella decisión como una aparente locura, pero me reconforta inmensamente haber creído en la honestidad de la gente y comprobar que todo marchó sobre ruedas.
Regresé al puerto, a dos horas de navegación por el lago, recién dos días después para recuperar mi compañera de viaje. Aquella tarde me tocó a mí confiar en desconocidos.
¡El mundo es bueno, sin duda alguna!


