Cuéntame una peripecia: La senda del telégrafo
En 2013, tres años después de haber pedaleado durante todo un año por Sudamérica, comencé a sentir esa comezón característica de quien nunca se conforma. Decidí que era tiempo de emprender otro viaje. Como no disponía de todo el tiempo del mundo, debía ceñirme al período de vacaciones. Elegí un itinerario que jamás había recorrido sobre dos ruedas: avanzar desde Paraná hacia el estado de Río de Janeiro bordeando la costa.
Opté por caminos alternativos. Salí de Curitiba al día siguiente de aquella insólita nevada que cubrió la región. Descendí la Serra do Mar con los dientes castañeteando de frío. La primera mitad de la travesía serpenteó por senderos de tierra y playas hasta empalmar con la carretera Rio-Santos, que seguí hasta Paraty, en Río de Janeiro.
Creo que el punto culminante de la expedición fue el cuarto día: irónicamente la jornada más dura y aquella en la que menos kilómetros pedaleé. Al fin y al cabo, es de los grandes contratiempos de donde nacen las mejores crónicas.
Siempre sentí fascinación por lo remoto. Los rincones apartados e inaccesibles siempre ejercieron un influjo especial sobre mí. En los cuatro extremos del continente había descubierto parajes así, pero hallar uno prácticamente en el patio de mi casa fue a la vez una sorpresa, un impacto y hoy un motivo de genuina alegría. La Senda del Telégrafo me puso a prueba como pocas sendas en mi vida. Aquellos 6 kilómetros me obligaron a escarbar en lo profundo para rescatar palabras que hacía tiempo no pronunciaba: resistencia, rabia, extenuación, esperanza, temor y desafío.
Partí de un minúsculo caserío situado a solo 500 metros del límite con el estado de São Paulo. Comencé tarde, cerca de las 10 de la mañana. No imaginaba que un puñado de kilómetros me demandaría tantas horas. Retrocedí un kilómetro hasta una bifurcación, cerca del teléfono público que había utilizado la noche anterior. Un kilómetro más adelante me encontré ante un portón blanco y una vivienda rodeada de platanales. Me pareció extraño y temí haberme extraviado. Aplaudí y apareció una mujer, quien enseguida llamó a su esposo. Les pregunté cuál era el rumbo hacia la senda. Señalaron una huella empinada, estrecha y anegada de barro justo a mi costado. Sonreí y, por un instante fugaz, alcancé a vislumbrar lo que me esperaba. Al darme la vuelta, escuché al anciano susurrarle a su mujer que jamás lograría cruzar.
Hice caso omiso de las advertencias. La terquedad prevaleció. Me convencí de que el camino estaba difícil, pero que seguro mejoraría más adelante. Esa dulce ilusión fue la que me mantuvo en marcha todo el tiempo.
Los primeros cientos de metros fueron una montaña rusa: una sucesión resbaladiza de subidas y bajadas empapadas de lodo. En ningún tramo fue posible pedalear de verdad; solo empujar la bicicleta (con un desgaste descomunal). Muy cerca del inicio, un barranco abrupto me obligó a desenganchar las alforjas por primera vez. Tuve que dejar parte de la carga en el suelo, cargar la bicicleta en peso, avanzar decenas de metros y regresar a pie por las bolsas.
Transcurrió una hora y media y apenas había recorrido un kilómetro. Por encontrarme en el límite interestatal, encajonado entre cerros, no había lógica para pensar que el terreno continuaría así de intransitable. Honestamente, conservaba la esperanza de que terminara pronto.
Me crucé con un muchacho a caballo. Solté la pregunta que me quemaba en los labios: «Disculpa... ¿falta mucho para salir?». Se rio y respondió: «¡Amigo, estás frito! Ni siquiera empezaste». Repliqué con otra duda: «¿Y toda la senda está tan fea?».
«Sí, de hecho se pone muchísimo peor», remató.
¿Qué podía decir? ¿Qué podía pensar? Razoné que la apreciación de un joven local carecía de parámetros comparativos y no debía tomarse al pie de la letra. Nos despedimos y decidí ignorar casi todo lo que me había advertido.
Tras haber superado más de dos kilómetros, dar media vuelta resultaba impensable, especialmente porque continuaba convencido de que el terreno favorable estaba a la vuelta de la esquina.
Un arroyo me ofreció el pretexto ideal para una pausa. Necesitaba comer e intentar retirar algo del fango adherido a la bicicleta y a mi cuerpo. Me metí al agua con la bici y refregué lo que pude. La greda parecía pegamento, trabando las ruedas contra el cuadro. Mis zapatillas estaban destrozadas, más mugrientas que cualquier cosa que hubiera visto jamás. En verdad, pocas veces en mi vida —ni siquiera en la infancia— estuve tan cubierto de barro. Me lavé, comí y descansé unos minutos.
Al poco rato comencé a oír rugidos de motor. Al principio creí que era una motosierra, pero pronto advertí que eran motocicletas y un alivio inmenso me invadió: ¡donde hay vehículos con motor, tiene que haber camino! Instantes después descubrí que eran aventureros como yo: siete motociclistas de enduro embarrados hasta las orejas y portadores de noticias desoladoras. Me avisaron que no iba ni por la mitad del trayecto ¡y que lo que restaba era intransitable! Ni siquiera recuerdo qué cruzó por mi mente en ese segundo.
Los motociclistas arrancaron. Avanzaban tan despacio que una hora más tarde todavía escuchaba sus motores a la distancia.
El relieve escarpado dio paso a un terreno plano, pero debido a ello, el agua y el lodo se empozaron por doquier. Se había convertido en un auténtico pantano. Por fortuna, los surcos de casi 30 centímetros dejados por las motos me servían de guía para no hundirme hasta las rodillas, aunque a veces resultaba inevitable.
«...pensé un par de veces en llamar a mi mamá o volar como Peter Pan.»
A esa altura de la travesía, con el terreno empeorando a cada minuto, decidí sacarme el calzado y continuar descalzo. Cada vez que mis pies se hundían en el fango, las zapatillas se salían y tenía que rebuscar a tientas en el lodazal como quien busca cangrejos en el manglar. Asumía el riesgo de cortarme los pies: bien podía pisar una espina, un vidrio roto o un clavo oxidado enterrado en la senda. Pero no tenía alternativa. Pensé un par de veces en llamar a mi mamá o salir volando como Peter Pan. ¡Es asombroso lo que cruza por la mente en situaciones límite!
Tenía que ser pragmático: andar descalzo aceleró levemente el paso, alcanzando la vertiginosa velocidad de 1 km/h.
Me topé con una familia que realizaba la travesía a pie. Acompañados de niños pequeños, cargaban bolsas plásticas de compras con víveres. Los adultos calzaban botas de goma, pero dos chiquillos iban descalzos. Me dijeron que estaba en la mitad del camino y que ellos hacen esa caminata al menos dos veces por semana. Pensé para mis adentros: «Ellos sí son los verdaderos héroes».
Días atrás, un amigo, Alexandre, que cruzó África de punta a punta, publicó en redes que dividía a la humanidad en dos grupos: quienes cruzaron la Senda del Telégrafo en bicicleta y quienes no lo hicieron. Afirmaba que cualquiera que lo haya logrado merece el mayor de los respetos. Era una broma, claro, pero muy oportuna (risas).
Una bicicleta cargada vuelve el cruce una penitencia. A pie, aun cargando víveres, es mucho más sencillo: solo caminas. Aun así, aquellos pobladores merecen toda mi admiración. Es una muestra de lo ardua que resulta la vida rural para muchas comunidades.
Seguí avanzando y las condiciones empeoraron todavía más. Más planicie significaba más agua estancada y lodo más profundo. Hacia el final, hay una recta de casi 1 kilómetro. A lo lejos, cerca de las 4 de la tarde, divisé un automóvil y una franja de césped seco iluminada por el sol del atardecer. No pude contenerlo: una carcajada espontánea e incontrolable brotó de mi pecho. Ver aquel auto significaba que pronto saldría de allí, porque donde hay un auto, hay camino. ¡Es increíble cómo un detalle tan pequeño puede provocar un alivio tan inmenso!
Pasé junto a uno de los postes originales de cuando se abrió la senda: un esbelto poste metálico en pie desde hace más de un siglo.
Cerca de una hora después superaba los últimos metros del sendero. Como un niño alborotado, la visión del final me colmó de euforia, y las fuerzas regresaron mágicamente a piernas y brazos que creía agotados. Metro a metro, despacio, ¡y de pronto lo logré! Mis pies volvieron a pisar suelo firme y seco. No hay palabras para describir la satisfacción de haber escapado de aquel pequeño infierno personal antes de que cayera la noche. ¡Uf!
Llegué hasta el automóvil. Había una escuelita rural, una casa y tres hombres conversando. Los saludé y me desplomé en el suelo, exhausto y sin aire.
Charlamos un rato. Les expliqué de dónde venía y compartí la alegría por lo recién vivido. Les pedí agua, pero no tenían de sobra. Mi sed persistía. Pregunté por el rumbo a seguir y me indicaron que a unos 3 kilómetros se encontraba el poblado de Santa Maria, el punto más austral del estado de São Paulo. Continué pedaleando. ¡Qué bendición inmensa es poder rodar! El camino de ripio estaba llano y en óptimas condiciones. La bicicleta y yo dábamos pena. Me movía en piloto automático, con un cansancio como pocas veces experimenté. Al poco andar asomaron los primeros techos: había llegado a Santa Maria.
Había un almacén y, al lado, recibí el generoso auxilio de Daniel y su familia. Me cobijaron con calidez. Lavé las zapatillas. Disfruté de una cena casera caliente, me di una ducha reconfortante y descansé sobre un colchón de verdad. Dormí como un bendito.
Balance del día: cerca de 9 kilómetros recorridos entre las 10:00 y las 17:30, moretones en las piernas, incontables picaduras de mosquitos y tábanos, dos kilos de barro pegados a la bici y miles de calorías consumidas.
Pedaleé un año entero por Sudamérica y solo recuerdo dos tramos tan brutales como este: uno fue una senda tomada por error con tres amigos en Tierra del Fuego, Argentina —todos empujando bicis—. Nos tomó seis horas cubrir seis kilómetros y hasta tuvimos que cocinar usando agua de mar. El otro fue junto al ciclista alemán Ralph, al cruzar de El Chaltén a Villa O'Higgins en Chile: alquilamos dos caballos para trasladar parte del equipaje durante siete kilómetros y luego vadear un río glaciar helado. Aun así, creo que la Senda del Telégrafo fue la más dura de las tres, principalmente porque me encontraba enteramente solo.
Ayer recibí la invitación de dos amigos que, al igual que yo, recorrieron un continente en bicicleta. La propuesta era realizar juntos la Senda del Telégrafo. Me sorprendí mucho, no por la invitación, sino porque ¡sentí enormes deseos de aceptar! ¿Quién en su sano juicio querría repetir una experiencia semejante?
Como tantas cosas que he hecho, de haber sabido con precisión lo que me aguardaba, dudo haber tenido el valor de encararlo. Sin embargo, contradictoriamente, ahora que conozco la vivencia, repetirla resultaría psicológicamente mucho más sencillo. Que te lo cuenten jamás igualará haberlo vivido en carne propia.
Recomiendo la travesía. Solo asegúrense de elegir una época seca. Yo fui inmediatamente después de lluvias torrenciales. Otro consejo vital: lleven abundante repelente para insectos.
Desde Guaraqueçaba (Paraná), por la Estrada do Costão, hay unos 35 km hasta el inicio de la senda, donde se asienta una pequeña comunidad. Tras 6 km de fango selvático y otros 3 km de ripio, se arriba a Santa Maria (São Paulo). De Santa Maria a Cananéia son aproximadamente 48 km, en un 80% de ripio. Todo el recorrido surca franjas maravillosas de Mata Atlántica: vale cada gota de sudor. Puede realizarse en dos días. Yo lo hice en tres. Completarlo en una única jornada es muy exigente por el tiempo que devora la senda, salvo quizás en pleno verano, cuando las horas de luz son más generosas.


