Historias de la Ruta: Aprendizajes, Desafíos y Encuentros tras 365 Días en Bicicleta

Historias de la Ruta Thiago Fantinatti

Cuando alguien decide cruzar un continente entero sobre dos ruedas, su imaginación suele poblarse de postales impecables: cumbres nevadas, desiertos silenciosos, costas prístinas y la brisa embriagadora golpeando el rostro. Sin embargo, tras pedalear más de 15.000 kilómetros a lo largo de 365 días ininterrumpidos, uno comprende que la geografía no es más que el escenario. La verdadera sustancia de una gran travesía reside en las penurias que desarman el orgullo, en el desapego liberador de soltar cargas innecesarias y, sobre todo, en la conmovedora generosidad de los desconocidos que salen a tu paso.

Aquí se reúnen las memorias, dolores musculares, relatos insólitos y aprendizajes esenciales que forjaron esta travesía: desde el Atlántico hasta el Pacífico, de las pampas a la Patagonia, de Atacama al Altiplano boliviano, y de regreso por el corazón de la selva amazónica. Crónicas reales de quien descubrió que, para conocer el mundo, primero es necesario aprender a confiar en él.


1. Romper la inercia en Ourinhos

En 2007, a mis 27 años, disfrutaba de una vida perfectamente estructurada en el interior del estado de São Paulo, en la ciudad de Ourinhos. Trabajaba desde hacía un lustro en la misma empresa, gozaba de una rutina cómoda, entrañables amistades, automóvil propio y una palpable seguridad cotidiana. No obstante, una inquietud persistente no me abandonaba: una pulsión visceral por explorar el mundo, por traspasar el horizonte conocido.

El dilema era puramente matemático. Disponiendo de apenas cuatro semanas de vacaciones al año, me tomaría varias décadas recorrer siquiera una ínfima porción de los parajes que soñaba conocer. Devoraba crónicas de pioneros del cicloturismo como Antônio Olinto —quien dio la vuelta al mundo en bicicleta en los años noventa— y comprendí con angustia que la vida transcurría veloz al otro lado de la ventana de mi oficina.

Tuve que mirarme al espejo y tomar una decisión radical. Para conquistar lo único que verdaderamente me faltaba —tiempo y recursos—, di el salto al vacío: renuncié a mi empleo, vendí mi automóvil y ahorré cada centavo durante un año entero. Mi antiguo empleador, GSP Loteamentos, reconoció la pureza del proyecto y me brindó un patrocinio fundamental para costear una parte clave de la expedición. Ya no había marcha atrás: había cambiado la orilla segura por la corriente incierta del río.

«Vender el auto y apartarse de la rutina jamás fue una fuga de la realidad, sino una búsqueda urgente de ella. Cuando te despojas de la armadura de la estabilidad, comprendes el valor insustituible del tiempo y la necesidad apremiante de vivir tus propios sueños.»

2. El accidente en Ibaiti y la prueba de la paciencia

El 7 de septiembre de 2008 rodé hacia afuera de Ourinhos con todo mi patrimonio comprimido en cuatro alforjas sobre la bicicleta. Mi gran amigo Martinho me acompañó pedaleando los primeros días. Se respiraba una euforia juvenil: la embriagadora certeza de que el continente entero nos aguardaba con los brazos abiertos.

Esa euforia duró menos de 48 horas. En la segunda jornada, al descender una cuesta pronunciada e irregular en el norte de Paraná, cerca de Ibaiti, sufrí una violenta caída. El impacto fue brutal y un dolor agudo me atravesó la muñeca izquierda. El diagnóstico médico no dejó dudas: fractura ósea.

Fue un balde de agua helada. Tuve que suspender de inmediato, regresar a casa y enyesarme el brazo. Me aguardaban 56 largos y angustiantes días de inmovilización y rehabilitación, contemplando con impotencia cómo se desvanecía mi estado físico mientras el calendario avanzaba implacable. Competía contra una estricta ventana climática: debía arribar a la Patagonia en pleno verano austral; cualquier retraso significativo volvería a Tierra del Fuego intransitable debido a las tormentas polares bajo cero.

Apenas el médico retiró el yeso —aún con molestias en la articulación—, volví a montar las alforjas y reanudé la marcha. La ruta me exigía templanza y tenacidad antes de haber cruzado siquiera el límite de mi estado natal.


3. Confianza ciega en Santa Vitória do Palmar

Descendí pedaleando por las costas de Paraná y Santa Catarina hasta adentrarme en Rio Grande do Sul. Los vientos del sur en las llanuras litorales soplaban como una muralla de hormigón, demandando un esfuerzo colosal para avanzar a unos modestos 10 o 12 km/h. En las inmediaciones de Santa Vitória do Palmar, muy cerca de Chuí, arribé a una estación de servicio solitaria, completamente exhausto y bajo una oscuridad cerrada.

Me acerqué al muchacho de turno, llamado Igor, y le pregunté si había algún rincón cubierto donde pudiera plantar mi carpa sin molestar. Igor miró mi bicicleta salpicada de barro, me miró a los ojos y señaló una antigua edificación clausurada que décadas atrás había sido un comedor de ruta. Me ofreció cobijo allí, al amparo del viento y la llovizna.

Mientras desenrollaba el aislante comenzamos a conversar. Se interesó por mi itinerario, por el coraje de pedalear en solitario, por el anhelo de alcanzar Ushuaia. Una conexión espontánea floreció entre ambos. Cerca de la medianoche, al concluir su turno laboral, Igor regresó adonde me acomodaba y tuvo un gesto inolvidable: «Thiago, junta tus cosas. Te vienes a dormir a mi casa. Mi esposa Juliane ya nos tiene la cena caliente servida en la mesa».

Aquella velada me recibieron con una ducha tibia, comida casera abundante y un lecho confortable. Para ellos yo era un completo desconocido cubierto de polvo, pero me trataron como a un hermano. Fue mi bautismo definitivo en la honda solidaridad de los caminos.

«La confianza humana no es una fórmula matemática condicionada por el miedo. Cuando alguien le abre las puertas de su hogar a un viajero exhausto, no solo le brinda cobijo; está reafirmando su fe más profunda en la bondad del prójimo.»

4. La nota en el destacamento de Taim y el reencuentro con Vincent

Días antes de llegar a Santa Vitória do Palmar, crucé la agreste y sobrecogedora Reserva Ecológica de Taim. En ese vasto santuario de humedales y carpinchos, acampé junto al puesto de los bomberos de carretera. Al despedirme, les dejé un papelito con la dirección de mi página web y unas breves palabras de agradecimiento.

El tiempo transcurrió. Crucé Uruguay, abordé el ferry en Colonia del Sacramento y desembarqué en el torbellino urbano de Buenos Aires. Una tarde entré en un cibercafé del barrio de San Telmo para actualizar mi bitácora y revisar el correo. Me aguardaba un mensaje asombroso:

«¡Hola Thiago! Soy Vincent, un cicloturista franco-chileno. Salí desde Río de Janeiro rumbo a Cuba. Paré en el puesto de bomberos de Taim dos semanas después que tú; los bomberos me mostraron tu nota y me contaron que otro ciclista iba unos días adelante. Acabo de ver tu blog y descubrí que estás en Buenos Aires... ¡yo también estoy acá!»

Nos reunimos esa misma tarde en la capital argentina y conversamos durante horas. Éramos dos viajeros inexpertos, colmados de proyectos y hermanados por la misma determinación silenciosa de adentrarse en lo desconocido. Decidimos pedalear juntos a partir de ese momento, forjando una alianza que nos llevaría a compartir miles de kilómetros por la estepa patagónica.


5. El yunque patagónico: 2.000 km contra los vientos de la Ruta 3

Rodar por la mítica Ruta 3 a través de la estepa argentina redefinió para siempre mis límites físicos y mentales. Vincent, yo y ocasionalmente otro viajero, Max, formamos un pequeño pelotón enfrentando la pampa interminable bajo el sol ardiente del estío austral.

La Patagonia está dominada por una deidad implacable: el viento. Soplando sin tregua desde el oeste y el sur, las ráfagas alcanzaban con frecuencia entre 80 y 100 km/h. No se trataba de una brisa frontal; eran feroces rachas cruzadas que desestabilizaban violentamente nuestras pesadas bicicletas de 50 kilos, arrojando el manubrio hacia el asfalto o empujándonos hacia la banquina de ripio suelto. En muchos tramos, inclinar la bicicleta en un ángulo de casi 30 grados contra el vendaval era el único modo de evitar ser volteado.

En una de las jornadas más críticas, la distancia entre paradores superó ampliamente nuestros cálculos. Bajo un calor sofocante, el agua potable se agotó en mitad de la nada. La inquietud comenzaba a ganar terreno. Fue entonces cuando aprendimos a hacer señas a los camioneros. Aquellos recios veteranos de la ruta aminoraban la marcha de sus enormes camiones, se detenían en la banquina y nos extendían bidones enteros de agua helada, pan y frutas con sonrisas francas.

Vincent era un ciclista formidablemente veloz y resistente, lo cual me empujó a elevar mi rendimiento atlético. Aprendí a bajar la cabeza y sostener etapas de 140 a 150 kilómetros diarios a base de pura disciplina mental. Ese tramo fue nuestra auténtica prueba de fuego.


6. La soledad salvaje de Península Valdés y el Fin del Mundo en Ushuaia

Antes de avanzar hacia el extremo austral, nos desviamos de la ruta principal hacia la Península Valdés. Fue uno de los escenarios más primitivos de todo el viaje. Acampar entre guanacos silvestres, lobos marinos y ballenas francas australes saltando a escasos metros de la playa de guijarros nos devolvió la dimensión justa frente a la majestuosidad de la naturaleza.

En Caleta Olivia, al sur de Comodoro Rivadavia, debí despedirme de Vincent. Sus plazos de visado lo forzaban a ingresar a Chile con anticipación, mientras que mi meta era innegociable: debía tocar el hito en Ushuaia.

Continué en solitario por las estepas de Tierra del Fuego, cruzando el Estrecho de Magallanes en un transbordador sacudido por olas grises y encrespadas. El paisaje mutó paulatinamente: las turberas dieron paso a los primeros bosques de lengas retorcidas por el viento y a las cumbres nevadas de los Andes fueguinos. Cuando finalmente coroné el Paso Garibaldi y divisé las aguas del Canal Beagle, se me apretó el pecho. Al posar la mano sobre el cartel de madera que rezaba «Ushuaia - Fin del Mundo», caí de rodillas junto a mi bicicleta.

La primera mitad de mi gran anhelo estaba cumplida. Pero la ruta susurraba que el verdadero desafío apenas comenzaba: ahora debía dar media vuelta y remontar el continente entero pedaleando hacia el norte.

«Alcanzar el Fin del Mundo en bicicleta no es un emblema de conquista sobre la tierra, sino un triunfo silencioso sobre los temores interiores que antes te retenían en casa.»

7. Los glaciares de la Carretera Austral y los fiordos chilenos

Pedalear rumbo al norte por territorio chileno reveló una Sudamérica radicalmente distinta de las áridas planicies pampeanas. El sur de Chile es un laberinto de cumbres escarpadas, ventisqueros colgantes, ríos turquesas de deshielo y precipitaciones casi constantes.

Recorrí cientos de kilómetros sobre el ripio de la legendaria Carretera Austral. Allí la naturaleza impone sus propios tiempos: en reiteradas ocasiones el camino simplemente culminaba frente a un fiordo profundo, obligando a aguardar pequeñas barcazas que navegaban una o dos veces por semana. El aislamiento era absoluto; las aldeas colonas subsistían gracias a la madera, la pesca artesanal y el abrigo entrañable de las estufas a leña.

Crucé hacia el archipiélago de Chiloé, tierra mística de iglesias de madera declaradas Patrimonio de la Humanidad y añejas leyendas marineras. La hospitalidad chilena me conmovió profundamente: en cada caserío, al advertir la bandera brasileña en mis alforjas, los pobladores se aproximaban con simpatía sincera, convidándome empanadas humeantes y abriendo galpones para evitar que armara mi carpa bajo la lluvia torrencial.


8. Ralf: la complicidad que prescindió de palabras

Más al norte, bordeando el umbral del desierto chileno por la Carretera Panamericana, mi camino confluyó con el de Ralf, un cicloviajero alemán parco, de fortaleza inagotable en las piernas, que pedaleaba en sentido sur.

Existía una particularidad curiosa: Ralf no hablaba una sola palabra de portugués ni de español, y yo desconocía por completo el idioma alemán. El inglés de ambos era elemental y estrictamente utilitario. Pese a ello, decidimos rodar juntos durante más de dos semanas hacia el norte.

Aquellos días representaron una de las lecciones más profundas de compañerismo que he vivido. Pedaleábamos lado a lado seis o siete horas al día, coordinábamos las pausas con un simple gesto de la cabeza, compartíamos el calentador al crepúsculo, armábamos las carpas en el mismo claro y señalábamos el mapa para acordar la meta de la jornada siguiente. No precisamos de largos discursos: el esfuerzo compartido en la ruta, el respeto mutuo y la cadencia constante del pedaleo tejieron un puente de entendimiento perfecto.

«La bicicleta habla una lengua universal. Cuando dos viajeros comparten el polvo del camino, la sed y el silencio del horizonte, las palabras se vuelven absolutamente prescindibles.»

9. La inmensidad mineral de Atacama y la madurez en ruta

Adentrarme en el Desierto de Atacama materializó uno de mis sueños dorados de la infancia: cruzar el desierto no polar más árido del planeta, un paraje mineral casi extraterrestre donde el silencio adquiere peso físico.

Atravesarlo constituyó una de las pruebas de mayor temple de toda la travesía. Interminables rectas sobre la Panamericana se prolongaban durante decenas de kilómetros sin una curva ni un arbusto, a altitudes que oscilaban entre los 2.000 y los 3.000 metros. La oscilación térmica era brutal: al mediodía el pavimento ardía bajo 40°C de calor seco; de noche, bajo los cielos más diáfanos y estrellados de la Tierra, el termómetro se desplomaba hasta el punto de congelación.

Allí, al cumplir diez meses en ruta, cristalizó una transformación interior. Contemplé mi bicicleta cubierta de polvo, mis manos curtidas y las modestas provisiones al costado del camino, y advertí con serenidad: ya no era el joven indeciso de Ourinhos que temía pinchar una rueda o no hallar dónde dormir. El camino me lo había enseñado todo. Sentía una paz honda y la certeza inconmovible de que, si me lo propusiera, estaba preparado para dar la vuelta al mundo entero en dos ruedas.


10. A 4.700 metros en el Altiplano y el espejo infinito de Uyuni

Dejando atrás el norte chileno, encaré las monumentales rampas de la Cordillera de los Andes para ascender al Altiplano boliviano. Escalar hacia aquella meseta fue una dura batalla por el oxígeno: por encima de los 4.000 metros, cada pedaleada exigía los pulmones de diez personas. El aire gélido quemaba la garganta, las noches bajo cero congelaban el agua dentro de las carpas y el cuerpo suplicaba descanso.

Sin embargo, la recompensa superó toda expectativa humana: el Salar de Uyuni. Rodar sobre el desierto de sal más extenso del mundo —más de 10.000 kilómetros cuadrados de blancura deslumbrante a 3.650 metros de altitud— se asemeja a navegar sobre un océano petrificado de pura luz. No existen huellas, ni postes, ni mojones; tan solo el horizonte blanco infinito bajo un cielo de un azul impenetrable.

Acampar en el corazón del salar, a decenas de kilómetros de cualquier orilla firme, fue la noche más trascendente de mi existencia. El sosiego era tan colosal que oía el latido de mi propio pulso en los oídos. Al anochecer, la Vía Láctea brillaba con tal nitidez que las estrellas parecían rozar la tela de la carpa.


11. La bicicleta «olvidada» en la Isla del Sol

Continuando rumbo al norte arribé a Copacabana, la pintoresca localidad boliviana recostada sobre las márgenes del sagrado Lago Titicaca. Mi plan contemplaba abordar una lancha para visitar la Isla del Sol —cuna mitológica del Imperio Inca—, recorrerla unas horas a pie y retornar al anochecer.

Empujaba mi bicicleta cargada hacia el muelle cuando el boletero me advirtió: «Amigo, no cargues esa bici a la isla. Allí no hay caminos: solo escalinatas incaicas empinadas de piedra y senderos peatonales. Vas a estar alzando peso muerto todo el día. Déjala acá dentro, en mi oficina».

Lo miré. Señaló un rincón visible a través del gran ventanal vidriado que daba a la concurrida calle principal. Titubeé un instante. En esa bicicleta residía todo lo que poseía en el mundo: carpa, abrigo, herramientas, repuestos y mis memorias registradas. Pero respiré hondo, opté por confiar y apoyé la bicicleta sin candado contra la pared.

Abordé la lancha. Al desembarcar en la Isla del Sol, la serenidad del lago a 3.800 metros y la energía ancestral de las terrazas agrícolas me fascinaron a tal punto que perdí la noción del tiempo. La excursión de un día se estiró a dos. Regresé al continente exclusivamente para verificar la oficina: la bicicleta permanecía intacta, en el mismo sitio. Charlé con el joven, le avisé que regresaría a la isla ¡y me quedé allí cinco días más!

Cuando retorné definitivamente una semana después, mi compañera de ruta lucía resguardada con absoluto celo. Un desconocido boliviano que jamás me había visto en su vida honró mi voto de confianza con impecable nobleza.

«Solemos proyectar nuestros peores temores sobre el entorno. Sin embargo, cuando nos desprendemos del recelo y depositamos lo que más valoramos en manos de un semejante, la humanidad casi siempre responde con honor y dignidad.»

12. De las cumbres andinas a la selva peruana: el descenso de tres horas

En Perú la geografía alcanzó su máxima severidad. Tras dejar Cusco a 3.600 metros, encaré uno de los ascensos más extenuantes de todo el viaje para coronar un paso de montaña a 4.725 metros de altitud, envuelto en frío lacerante y un aire sumamente enrarecido.

Y entonces sobrevino el premio: desde la cumbre de aquel abra cordillerano se inició la bajada más prolongada de mi vida. ¡Tres horas continuas de descenso vertiginoso sin dar una sola pedaleada! Descolgándome desde las cumbres andinas hacia la cuenca amazónica peruana, vi mutar en cuestión de minutos el paisaje mineral y frío en una selva húmeda, exuberante y cálida. El cambio corporal fue inmediato: tras 48 días respirando el aire seco y escaso del Altiplano, la densidad de la selva tropical llenó mis pulmones con una vitalidad renovada mientras rodaba hacia la frontera brasileña.


13. El regreso por Acre y los niños de la BR-364 en Rondônia

Cruzar la frontera de regreso a Brasil por el estado de Acre desató una mezcla singular de sentimientos. Por un lado, el orgullo infinito de volver al suelo natal tras casi un año de travesía internacional. Por el otro, el retorno inmediato a las consabidas advertencias y vaticinios funestos.

En casi cada poblado de Acre y Rondônia los pobladores me alertaban sobre los peligros mortales de la carretera BR-364: «¡No vayas en bicicleta por allí! Ese tramo es tierra de nadie: asaltantes, pistoleros y madereros ilegales».

Opté por seguir pedaleando y permitir que la realidad hablara más alto que los rumores. Lo que viví a lo largo de la BR-364 fue pura poesía humana. Cada vez que me detenía junto a humildes caseríos para recobrar el aliento bajo el sofocante calor selvático, decenas de niños salían corriendo con ojos chispeantes y amplias sonrisas. Se arremolinaban junto a la bicicleta, tocaban la bocina, preguntaban de dónde venía y pedían con entusiasmo que les contara historias sobre las montañas nevadas.

Familias campesinas me convidaban agua fresca de pozo, rebanadas de sandía madura y la sombra reparadora de sus árboles. La ruta que la voz popular pintaba como un corredor de terror resultó ser un manantial inagotable de afecto sincero.


14. La ilusión del equipaje y el peso que soltamos en el camino

Existe una máxima indiscutible en el cicloturismo: el ciclista principiante siempre sale cargando el triple del equipaje que realmente necesita. En Ourinhos yo había empacado ropa para cuatro estaciones, herramientas pesadas, repuestos innecesarios para fallas mecánicas inverosímiles, sartenes y toda suerte de artilugios. Mi bicicleta semejaba un camión de mudanzas tambaleante.

A través de las primeras sierras de Paraná y Rio Grande do Sul, la gravedad se encargó de educarme con prontitud. Cada kilo superfluo en tus alforjas exige un tributo doloroso a tus rodillas y pulmones.

A lo largo de los primeros meses adopté la saludable costumbre de acudir a las sucursales de correos para despachar cajas enteras con cosas prescindibles de regreso a casa, o sencillamente regalaba ropa y utensilios a pobladores que los necesitaran. Hacia el final del viaje pedaleaba con la mitad del volumen y la mitad del peso con que había partido, disponiendo aún de todo lo indispensable para vivir confortablemente.

«Cargar peso en exceso en la ruta no es un signo de previsión logística, sino el reflejo directo de nuestro miedo a lo desconocido. Cuanto más aprendes a confiar en el camino, menos ataduras materiales necesitas arrastrar contigo.»

15. El ritual vespertino de la botella de agua

Si alguien me preguntara cuál fue la táctica de seguridad más eficaz durante 365 días en la ruta, mi respuesta sería tan simple como desconcertante: una botella de agua vacía.

Hacia las 5:00 o 5:30 de la tarde, cuando el sol comenzaba a teñir de naranja el horizonte y el aroma a leña y comida casera brotaba de las chimeneas rurales, llegaba el momento de actuar. Elegía una casa sencilla, me detenía en la tranquera con la botella vacía en la mano y llamaba amablemente: «¡Buenas tardes! ¿Sería tan amable de regalarme un poco de agua de su canilla?».

Pedir agua es el acto más universal e inocente que un ser humano puede realizar ante otro. No despierta sospechas; despierta el instinto ancestral del cobijo y la solidaridad. El morador salía a la cerca, observaba la bicicleta llena de polvo y preguntaba con genuina curiosidad de dónde venía pedaleando. Mientras llenaba la botella, la charla fluía con espontaneidad.

Con una regularidad asombrosa, nueve de cada diez veces aquel vaso de agua se transformaba en un plato caliente en la mesa familiar; y la cena conducía a una invitación generosa: «Muchacho, no vayas a acampar al descampado. Arma tu carpa en la galería o duerme en la habitación del fondo para que descanses seguro y bajo techo esta noche».


16. La paradoja de Vincent y la certeza de que el mundo es bueno

Hasta el día de hoy me preguntan: «Thiago, ¿pedaleaste 15.000 kilómetros por parajes solitarios y grandes ciudades sudamericanas y nunca te asaltaron? ¿No vivías aterrorizado por la delincuencia?».

Para responder, siempre recuerdo la anécdota de mi amigo Vincent. Viajó igual que yo: saliendo de Río de Janeiro, surcó la Patagonia, Chile, Perú, Centroamérica y culminó en Cuba. A lo largo de todo un año pedaleando por las comunidades más humildes del continente, jamás padeció un solo asalto ni episodio de violencia. Sin embargo, al concluir su expedición y regresar a su hogar en Francia, ¡fue asaltado en una calle de París y le robaron la bicicleta apenas unas semanas después de volver!

El secreto no estriba en que el mundo sea un paraíso exento de peligros, sino en la predisposición con la que salimos a su encuentro. Quien viaja blindado dentro de un vehículo motorizado o encerrado en un micro turístico con auriculares puestos permanece como un espectador lejano. Pero quien llega en una bicicleta cargada, sudoroso, cansado y visiblemente vulnerable, no representa una amenaza para nadie. La bicicleta desarma prevenciones y despierta los impulsos más nobles y solidarios del corazón humano.

Ese fue el tesoro supremo de mis 365 días en la ruta: el mundo no es el nido de lobos que difunden los noticieros sensacionalistas. Está poblado de seres nobles y trabajadores deseosos de tenderle una mano a quien persigue un sueño sincero. Si no das el primer paso, jamás lo sabrás.


¿Deseas profundizar en esta travesía?

La bitácora cotidiana de esta expedición de 365 días por Sudamérica —con mapas históricos, reflexiones íntimas y galerías de fotos exclusivas en cada capítulo— está recopilada íntegramente en el libro autobiográfico Tras los Sueños.

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